Artículos, textos, reportajes,ideas y reflexiones del periodista Pablo G. Mancha (Toroprensa.com)

09/12/2007

Los vigías de la filoxera (fantásticos guardaviñas)

La vid es el cultivo que más fija el hombre a la tierra ya que la cepa exige cuidados y atención durante todo el año. Por eso era necesario la construcción de pequeños chozos para refugio
de los labradores. La Rioja cuenta con un buen número de guardaviñas, deliciosos ejemplos de la arquitectura popular

Fotografía: Fernando Díaz
Los guardaviñas son construcciones de una sola planta, casi siempre de forma circular y con una falsa cúpula como remate y cierre de estas peculiares edificaciones. La mayoría están construidos prácticamente en seco, es decir, con piedras colocadas con escasísimo aporte de argamasa. Para levantarlos, se partía de un zócalo muy resistente en el que se iban colocando hileras de piedras –casi siempre planas– que a la vez que iban ganando en altura se iban cerrando poco a poco en círculo, a través de diámetros sucesivamente más pequeños hasta conseguir que un solo sillar culminase estas construcciones únicas y exclusivas del mundo de la viticultura riojana que asientan sus raíces en la segunda parte del pasado siglo.

El uso más habitual de los guardaviñas era como refugio de los agricultores y de los animales de labor que desarrollaban su trabajo en el entorno de la vid. También fueron utilizados por la institución de Guardas de Campo, para vigilar desde estos emplazamientos las cosechas, tanto de las tierras comunales como de las fincas particulares. En ocasiones también se destinaban como neveras, donde se convertía la nieve en hielo para posteriores usos terapéuticos. Además, su tipología constructiva recuerda a la de los grandes hornos destinados para cocer el pan que se encontraban en el interior de muchas viviendas serranas, anejas a las antiguas eras de la trilla del cereal.

El megalitismo occidental
Los guardaviñas se configuran con un modelo de construcción similar a otras edificaciones extendidas a lo largo y ancho del planeta, especialmente en la zona mediterránea, herederas de una tradición que muchos arqueólogos han documentado en el cuarto milenio antes de cristo, en la cultura mesopotámica. Muchos los estudian enmarcándolos dentro del fenómeno del megalitismo occidental de lo que hay excelentes ejemplos en la Sonsierra riojana.
En los dinteles o jambas de las entradas de muchos de estos chozos o casillas de granjería –otra de sus acepciones– se han encontrado inscripciones en las que se dejaba constancia del año de su construcción. La mayoría de ellas remiten a finales del siglo XIX, fecha que coincide milimetricamente con uno de los periodos claves de los vinos de Rioja, la plaga de la filoxera y la posterior dinamización del mundo del vino en nuestra denominación (San Vicente de La Sonsierra, 1868; Briones, 1873 y Ábalos, 1881, entre otros ejemplos documentados por un trabajo realizado por Carlos Muntión y que estuvo expuesto en las instalaciones del Colegio de Arquitectos de La Rioja).

La plaga de la filoxera
En el año 1863 se detectó por vez primera en Francia la plaga de la filoxera. Sólo cuatro años le bastaron para consumir gran parte de las cepas de la zona de Burdeos.
Con aquella hecatombe, a los comerciantes franceses no les quedó más remedio que comprar vino en otras regiones para poder seguir abasteciendo a sus clientes. En este sentido, algunos autores afirman que el oidium –una podredumbre de la vid– hizo estragos en los campos galos desde 1847 y como necesitaban vino para la Exposición Universal de París, los primeros compradores y elaboradores de vino del otro lado de los Pirineos llegaron a Alfaro, Logroño y Haro. Estos mismos autores señalan que su procedencia no era de Burdeos, sino de Montpellier y Bruselas.
Primero se fijaron en La Rioja para adquirir en vinos de alta graduación y después compraron terrenos para elaborar ellos mismos vino con técnicas propias, al principio en Alfaro y más tarde en la zona de Haro y Briones.
Sea como fuere, los denominados “negotiants” pusieron sus ojos en La Rioja para comprar todo el vino que pudiera producir, lo que significó un gran beneficio, momentáneo, para los productores de nuestra región, a expensas de la simpar desgracia francesa.
De hecho, en las tres últimas décadas del siglo XIX nacen y se consolidan las grandes bodegas históricas riojanas: se duplicó la superficie plantada de viñas (lo que ahora se denomina como masa vegetal) y se desfondaron de rocas muchas tierras, hasta aquel momento baldías.
Precisamente con las piedras que se iban amontonando en los linderos de las fincas se construyeron muchos de los guardaviñas, con el doble objetivo de vigilar los viñedos y su utilización como refugio ante las inclemencias del tiempo.
La localización de los guardaviñas en La Rioja coincide con exactitud con la mapa de la distribución de la viña. La mayoría están en La Rioja Alta y no es casualidad que localidades de enorme tradición vitivinícola como Ábalos, Briones, San Asensio y San Vicente de la Sonsierra concentren casi la mitad del censo de los chozos documentados.

Características de los guardaviñas
o Ventanas: Más de la mitad de los guardaviñas poseen ventanas; lo más habitual es que sean tres, orientadas hacia los puntos cardinales que no coincidan con la orientación del acceso al refugio, que en la mayoría de las ocasiones se orienta hacia el mediodía. La tipología de la ventana suele ser la de tronera, estrecha hacia afuera y más abierta en el interior del edificio.

o Corralizas: Algunos guardaviñas poseen corralizas como refugio y descanso de las caballerías. Por eso se observan en muchas paredes argollas empotradas para atar a estos animales.

o Asientos: Para facilitar el descanso de los labradores, muchos guardaviñas cuentan en su interior con un banco corrido y construido con enormes e irregulares sillares de piedra. Además, en algún guardaviñas se erigen contrafuertes para reforzar la estructura del edificio.
En algunos casos, la tradicional planta circular desaparece para dar paso a los de planta cuadrangular o rectangular, que abundan en la parte oriental de la Sonsierra. Muchos se realizaron en mampostería, y pocas en sillarejo y sillería, concretamente algunos de la zona oeste. En la zona oriental, el uso del sillar se redujo a la puerta, los esquinazos y los contrafuertes.

El autor

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Logroño, La Rioja, Spain
Pablo G. Mancha (Logroño, 1968) es periodista y trabaja para diversos medios de comunicación. Las pasiones que le definen son los toros, la música y el vino. Tiene la suerte de hablar –en Punto Radio y en TVR– y de escribir o haber escrito en diversos periódicos como Diario La Rioja, El País, Navarra Hoy, Diario de Noticias y últimamente en el suplemento de viajes de Abc, con diversos reportajes dedicados al turismo en La Rioja. Sobre flamenco dirige el espacio televisivo Jueves Flamencos en TVR y escribe de lo mismo en el periódico La Rioja. Desde hace tres años presenta un programa de gastronomía llamado Vivir para comer, que se emite en Punto Radio todos los viernes de 19 a 20 horas. Además, dirige el programa Sol y Sombra, todos los jueves de 19 a 20 horas.